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El cine del desasosiego
Javier Porta Fouz*
Arte de la ensoñación, la fantasía y la huida de la realidad cotidiana, el cine también se ha hecho eco de todo lo contrario: los grandes problemas que afectan al hombre y las sociedades. No es de extrañar, entonces, que en los años recientes y de manera creciente se haya convertido en vehículo del profundo malestar de nuestra civilización ante peligros como el poder totalitario de las corporaciones, los productos cada vez más sospechosos de la industria alimentaria, la comida rápida, la contaminación, los cultivos transgénicos y muchas otras amenazas.
“Nada impide al cine estudiar los problemas sociales, tanto económicos como artísticos y morales. El filme tiene tales poderosos y personales medios de exponer y comentar un pensamiento, que no puede desinteresarse más de aquel campo de actividad. El cine siente hoy hambre de dignidad. Las más delicadas ideas, las más osadas, las más locas quimeras, los más violentos problemas deben trasladarse a la pantalla como al teatro y al libro”. Esto decía Horacio Quiroga (sí, el mismo de Cuentos de amor, de locura y de muerte), en 1920 en Caras y caretas, cuando era crítico de cine, uno de los pioneros de la disciplina. Casi 90 años después, el cine sigue tratando problemas sociales, económicos, artísticos y morales. Pero hay algo llamativo en muchas películas actuales, tanto documentales como de ficción: lo que se pone en cuestión son, muchas veces, y de manera muy directa, los aspectos centrales y cotidianos de nuestra existencia, con gran alcance espacial y temporal: vivienda, educación, transporte, alimentación, salud, incluso las finanzas. Un cruce transversal a ciertas zonas del cine reciente da un panorama que va desde lo sombrío a lo apocalíptico, una especie de alarma fílmica que se activa durante la visión de las películas pero que resuena en actividades nada cinematográficas como comer –o evitar comer– soya, o en la decisión acerca de dónde comprar una vivienda. Cada vez que una generación o colectivo humano quiere arrogarse el récord de penurias en relación con el tiempo que le tocó vivir, aparecen los memoriosos –o la gente con sentido común– a decir que problemas hubo siempre, que la humanidad ha vivido en permanente conflicto, que el siglo XX ha sido especialmente pródigo en desastres. Sin embargo, en los tiempos recientes, varias alarmas se han encendido para toda la humanidad al unísono (y a los problemas que tratan las películas que se mencionan en esta nota podría agregarse otro igualmente acuciante: la escasez del agua, punto de partida del documental argentino Sed, invasión gota a gota, de Mausi Martínez, 2004).
*Periodista, crítico cinematográfico.