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Irán: en la caldera del poder
Los avances de la “diplomacia Obama” en Medio Oriente se veían esperanzadores: normalización de las relaciones con Siria, apoyo firme a la constitución de un Estado palestino, presiones sobre Israel para que “congele” la colonización de Cisjordania, propuestas de diálogo en dirección de Teherán... Pero las elecciones iraníes del 12 de junio, con su cauda de fraudes, manifestaciones masivas, muertos y represión de opositores, hacen de la apertura estadunidense una apuesta arriesgada. Porque esa crisis sacó a la luz las diferencias existentes en el seno de la elite político-religiosa iraní que podrían desembocar en “sobrepujas” nacionalistas frente a Occidente para reunificar la población alrededor del poder. El cual se percibe debilitado en su legitimidad basada en una doble soberanía: popular y divina.
Ahmad Salamatian*
“No actúen como personas al fin del mandato, a las que sólo les quedan unos meses; prepárense para cinco años más de ejercicio”. Así, dirigiéndose a los miembros del gobierno, nueve meses antes de la elección presidencial del 12 de junio de 2009, el ayatolá Ali Jamenei no dudaba en hacer públicas sus preferencias en favor de la prolongación del régimen de su protegido, Mahmud Ahmadinejad. Una muestra de la responsabilidad del Guía en la crisis actual: decidió consolidar su autoridad, desprenderse de todos sus adversarios en el seno mismo del poder y contrariar toda dinámica de reforma.
La elección presidencial de 2005 le había abierto el camino. Tras dos mandatos del presidente Mohamed Jatami, el desencanto popular era grande: por cierto, los reformistas habían ampliado el campo de las libertades, pero se habían mostrado incapaces de resolver los problemas económicos y sociales del país (1). Ocho candidatos fueron autorizados a presentarse y, a pesar de una participación relativamente importante (62.8%), ninguno alcanzó la mayoría. Por primera vez se impuso una segunda vuelta. Ahmadinejad, el alcalde de Teherán, sólo obtuvo 5.7 millones de votos sobre 29.4 millones. Ante las divisiones de los candidatos del campo reformista y la impopularidad del otro pretendiente surgido del poder, Ali Akbar Rafsanjani, Ahmadinejad ganó en la segunda vuelta. Si bien contaba con el apoyo de los órganos militares, de seguridad y de propaganda, así como de las lucrativas fundaciones de caridad que dependen del Guía, se había presentado como el hombre de la ruptura. Construyó un discurso populista cuyo eje era la palabra “justicia”, tanto más eficaz cuanto que el intervencionismo estadunidense, principalmente la guerra contra Irak en 2003, alimentaba el nacionalismo, y hasta la xenofobia, en la región.
*Antiguo diputado iraní.