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Sanitarización: la deuda pendiente
Maggie Black*
Inexplicablemente, cuando se enumeran las múltiples amenazas que atentan contra la salud del aire,
del clima, de la tierra, de los mares y, en fin, de todos los seres vivos de nuestro planeta, raramente
se habla de una fundamental: la diseminación de las heces humanas en el medio ambiente sin un
adecuado tratamiento previo. Sin embargo, la carencia de sistemas sanitarios eficaces para buena
parte de la población mundial es una fuente potencial de devastadoras enfermedades.
En nuestro mundo preocupado por las emisiones de gas carbono y los contaminantes químicos y nucleares, la contaminación que generan los excrementos patógenos no suscita inquietud alguna. Desde la gran peste de Londres, los países industrializados destinaron importantes recursos a limpiar y sanear el medio ambiente urbano. En los países en vías de desarrollo, una mejor comprensión de las causas de las enfermedades redujo el temor al “mal aire” (mala aria), considerado responsable de diversas contaminaciones durante siglos.
Pero la creciente urbanización genera una nueva preocupación. Gran parte de la población de las ciudades habita en viviendas precarias: chozas, galpones, villas miseria, favelas... Mil millones de ciudadanos sufren la falta de instalaciones sanitarias y sus consecuencias en términos de miseria, dignidad y salud.
Tras haber sufrido más de 7 mil casos de cólera y 172 muertes –de las cuales, 30 se dieron en Lusaka, la capital–, Zambia acaba de invertir 12 mil 500 millones de kwachas (1.5 millones de euros) en un programa de reducción de riesgos que emplea a presos para limpiar las alcantarillas e informa a la población a través de capítulos especiales de telenovelas y recitales (1).
Sin embargo, las condiciones de vida miserables de la periferia (o a veces del mismo centro) de las ciudades en plena expansión en África, Asia y América Latina son consideradas raras veces como amenazas serias para el tejido social y urbano. La infraestructura médica de cada país suele ser suficiente para impedir la propagación en gran escala de las epidemias por falta de saneamiento, entre las cuales el cólera figura en primer lugar.
Los baños con cisterna y las cloacas lograron imponer la idea de que el suministro de agua corriente resolvía por sí solo el problema de la eliminación de los excrementos. La relación entre enfermedad y contaminación fecal había sido olvidada, al punto que incluso las políticas de salud colocaban las diarreas y demás infecciones asociadas con las excreciones en la categoría “acceso al agua”.